Esta tarde mi corazón se estremeció y suspiró con una profunda nostalgia al enterarse de la partida de aquella mujer que marcó mi vida y la de muchos más.
Era el año de 1996 cuando Dios me llevó a escribir mi primer artículo llamado “¿Amarás a tu prójimo como a ti mismo?”; con apenas 13 años de edad, recuerdo que repartí varias copias del mismo a varios de los líderes de mi primera iglesia ‘El Divino Salvador’. El escrito era sumamente exhortativo, al grado que quienes lo leyeron cuestionaron si realmente yo era la autora. A la mayoría le pareció demasiado desafiante y decidieron guardarlo en el cajón, esconderlo, ignorarlo. Sin embargo, hubo una persona que sin dudarlo se acercó a felicitarme, a pedirme permiso para poder publicarlo en su conocido “Heraldo del Mayab”, y para pegarlo en los periódicos murales de la iglesia donde ahora todos ustedes están reunidos. Esa persona era ella, esa excepcional mujer que creyó en mi vocación cuando muchos la maltrataron, sí, me refiero a Luz Alba Tec Buenfil, a mi amada ‘Lucita’.
Desde entonces y hasta hace poco, ella continuó impulsándome en la tarea de escribir, instándome a perseverar y a no abandonar ese ministerio de la palabra escrita.
Hoy, 14 años después, cuando Dios me ha permitido construir una carrera ministerial en diferentes campos, entre ellos, el de la escritura, puedo recordar con agradecimiento y melancolía a quienes alentaron mi pluma y mi corazón. A Lucita le debo mi primera publicación y las siguientes de mi adolescencia.
A ella TODO mi reconocimiento como una mujer apasionada por la obra del Señor, como una mujer que hacía cantar al órgano del lado derecho del santuario. Como una sierva que se dio sin reservas a la iglesia de Cristo, siempre con una sonrisa tierna, y algunas veces con esa mirada dura que se dejaba mirar a través de sus pesados anteojos, esa mirada de autoridad… de amor.
Sé que su labor y su legado se han sellado en nuestra mente y corazón, que pasarán los años y todas las generaciones que impactó con su testimonio de entrega y compromiso cristiano, la recordarán en las primeras bancas del templo, con su himnario ya viejo y sus canas que tanta sabiduría nos regalaron.
Lucita:
Mujer, amada, sierva, amiga, maestra, ministra, HOY cuando Dios ha decidido alejarte de este mundo terrenal, queremos decirte con un ‘hasta luego’, que JAMÁS te irás de nosotros, que seguirás clavada en nuestra alma como un modelo de entrega, fortaleza, gozo y éxito.
De ti muchos hemos aprendido, con consejos, regaños y sonrisas, incluso con el sonido de tu melodía, que impregnó las paredes de ese santuario en el que hoy te despiden.
LUZ, tu luz nos fue regalada por el Creador durante muchos años, y no se apagará aun cuando te has marchado, porque la herencia que nos has dejado a todos tus hijos e hijas, no tiene precio, porque lo eterno no se vende ni se compra, pues viene de Dios.
Te recordaremos amada… te recordaremos.
Con amor profundo:
Priscila Barredo
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